Denuncias

 

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Pueblos. Pueblos escondidos en las memorias de cientos de miles de memorias enterradas. Relatos, banderines de colores, bailes de suburbios, mujeres y alegrías jamás contadas en ningún anglosajón libro.

Latinoamérica, cielo, agua, tierra de propietarios forzozos, inquilinos expulsados a las tinieblas de la esclavitud y la servidumbre. Incontables mujeres claudicadas, sometidas a la profundidad del anonimato y borradas de la existencia por la soberbia más espantosa e inusitada de la historia nuestra. Mujeres que osaron el peor de los pecados: ser. Nacer en tiempos equívocos, adelantarse a los cielos, anteponer las libertades de criterio que aquellos occidentales soberanamente bien trajeados y equipados no supieron dilucidar.

Ambiciones inútiles, distinciones inútiles que perduraron en los tiempos y vanagloriados contaron sus cuentos. El color te denota, el género te ofende, el cupo social te disgrega, tus rasgos más altaneros te enaltecen y enorgullecen. Mentira. Se encargaron durante eternidades de imponer sus eclesiásticas rutas de vida y estilos de conducirlas. Burgueses achanchados por el oro, enojados por la injusta fertilidad que estos seres de sangre inferior fueron a ligar en sus tierras ricas de calor y color.

Mujeres que apabullan por solo accionar consecutivamente el acto de poner un pie delante del otro. De todo eso se encargaron. Se lo quisieron llevar. Voces ultrajadas por irracionables fuerzas edilicias muy innovadoras.

Se jactaron de ser amos del mundo. Amos de las libertades. Amos de la creación. Aquellos, aquellos que miran desde arriba de los hombros casi lo logran. Pero no. No pudieron. No lo consiguieron. Se olvidaron de un tipo. Un tipo que los denunció con cada respiro y respiró cada denuncia. Un tipo exiliado que en las iris portó cada una de esas historias obligadas a olvidar y las devolvió al mundo como nadie nunca las hubiese podido devolver. Un tipo que metió las mejores gambetas escribiendo y los mejores goles viviendo. Amante de valientes, de plazas, amante de emociones arrebatadas y dignidades indignadas. Galeano vivió para sus pueblos y en ellos se quedó.

 

 

 

 

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Relato a un amor perdido pero no olvidado

palermoperu

Vos y yo. Así pareciera el capricho del destino. Del amor también.  Mientras más cerca estamos, más nervioso y tartamudo me pongo. Pese a eso, por culpa de la euforia encausada en nuestro encuentro, canto hasta romper de un tirón las cuerdas vocales. Me enamoro. Lloro. Puteo. Me enfermo de locura las entrañas gracias a tus colores; me hierve un veneno atroz por la sangre cuando te movés; me conmueven hasta asquearme tus vaivenes indescifrables. Que si y que no. Un día con el más fuerte, al otro con el más frágil, al tercero con vaya a saber quién.

No tolero jamás ver que te maltraten ni que te sometan a destratos impropios. Tu belleza imposible de interpretar por cualquiera de los más sabiondos hombres que la Tierra crió. Esa manía de esperar para crear lo inesperado, de esperar hasta el último instante para sentenciar el veredicto, de esperar que todos hayan imaginado todo lo posible, pero vos, una vez más, con ese andar desorbitante, apabulles con lo insospechado.

Esa utópica virtud de nunca envejecer ni pasar de moda. Esa desconocida costumbre de situarme en la melancolía de mi pasado, de recordarme la cara de mi vieja y las tardes con mi viejo. Esa libertad para revolotear por cualquier parte del mundo y siempre, pero siempre de verdad, ser la estrella del show. La facilidad de exponer las carencias y apetitos de cada uno de los que comparten al menos un segundo con vos.

Me encanta que vaguees en ausencia de estúpidos parámetros que te impidan enlazarte con cualquier amor que por allí camine y tu incapacidad de discriminar. Tu interminable perdón a quienes te revolean contra la pared y, sin exigir nada, retornás con la solemne ilusión de una caricia. Tu nobleza encandila la visión.

Desde aquel día, aquel maldito día que me corte el cruzado, hasta hoy, ya como 4 años desde la última vez que corrimos a la par, sigo agradeciéndote viejo querido por presentarnos.

Verdadero sexo débil

hombre

Ademar Casimiro estaba atravesando uno de sus días más conflictivos. Era como una aventura épica y desconocida por él y por cualquiera de los más valientes de aquel barrio rosarino. De barba algo rojiza, ojos marrones enfurecidos y con la piel arrugada como la de un vikingo, Ademar aparentaba unos cuantos años más de los que cargaba. Llamaba la atención significativamente por la extensión de su única ceja y por las llanuras eternas que formaban sus manos repletas de pastizales de bellos.

Y así andaba: cojeando por los suburbios, vestido de jean rotoso y su clásica remera blanca manchada por los vestigios de la noche anterior. Aquellas bastas noches de la época del bar del Tronco Pagliutti, de los incontables vasos de whisky y los mil puchos, le estaban haciendo sentir el rigor de los excesos.

Pero nada de todo esto o de cualquier otra cosa que por esos días se le ocurriere a Ademar Casimiro o a cualquiera de sus amigos de aquel barrio rosarino, podía combatir con la extrañés y la magnitud de esto que lo cortaba en mil pedazos.

Hincha de Central. De esos enfermos y dementes por sus colores. Llevaba un conteo de la cantidad de kilómetros que había recorrido yendo de visitante a ver a Central y lo mostraba con un orgullo que debés en cuando vagueaba por culpa de las damajuanas que los muchachos compartían en cada tarde de cancha. Para Ademar no contaba como fiel hincha el ir únicamente al Gigante de Arroyito y esta máxima le vislumbraba a menudo alguna que otra revuelta o disputa de puños contra quienes él creía que se lo merecían por osarse mencionar altísimos hinchas de Central y los veía cada muerte de obispo en canchas visitantes. Sus amigos siempre sospecharon que esta manía de enfrentarse por tan poco motivo era nada más que una estúpida, insólita e innecesaria muestra de fortaleza: era de esos tipos que les encanta irse a las piñas. Pero por sobre todas las cosas, Ademar, detestaba a los hinchas de Newell’s. Más que al propio club Newell’s. Había una sola cosa que sostenía en cualquier estado que se lo pueda encontrar y lo expresaba en unas muy sofisticadas palabras: “Si Newell’s es un cuadro de mierda, tenés que ser muy boludo para ser hincha de ese club”. Manejaba un vocabulario profundamente filosófico.

Pero había un volcán dentro de él a punto de estallar por culpa de algo insospechado, algo que nunca nadie pudo contemplar o entablar algún tipo de premonición similar. La vida de Ademar pendía de un hilo. Parecía que todo se desvanecía. Todos los días tomaban una tonalidad oscura y las horas se tornaban una tortura. Ya no veía la luz del sol. Había perdido el raciocinio, la capacidad de discernir el bien y el mal, de distinguir lo justo o injusto, el olfato y el tacto: todo estaba descarrilándose en la vida de Ademar.

Ademar, aquel morrudo y brabucón, aquel que jamás había perdido una pelea con los colores y las banderas de Central de por medio, aquel que ostentaba una barba que ya era rojiza por los sangrientos combates, aquel que caminaba solo de noche con mucha cara de malo, aquel que en invierno andaba en cuero y jamás se resfriaba, aquel intocable ex vikingo teletrasportado a Rosario, aquel hombre, justo él, se había enamorado de una flaca, alta y famélica hincha de Newell’s.

El problema no era la delgadez. No. No lo era. Lo que atormentaba a Ademar era los colores que acarreaba aquella flaca con pinta de garza y de atractiva elegancia poco prudente. No lo podía concebir. No lo podía digerir, ni escupir: le daba vergüenza contarlo. Estaba al borde de la locura y no había manera de salir de ese laberinto desquiciado.

Al principio creyó que era una maldición o gualicho de la vieja esa que vivía en la esquina de su casa. Se odiaban con la vieja, que como no podía ser de otra manera, también era hincha de Newell’s. Juraba que las alucinaciones que sufría todas las noches mientras deambulaba por las calles eran gracias a los hechizos de aquella pobre vieja que nada tenía que ver y sólo tiraba las cartas mentirosamente para ganarse la vida.

Lo primero que hizo fue ir a una Iglesia, aunque no era católico, y se empinó toda el agua bendita y hasta quiso comprarle un par de botellones al Cura. El pobre infeliz pensaba que el Cura le encargaba el agua bendita al sodero o vaya a saber qué. Así estaba Ademar. Hasta le envió una carta de perdón al Papa, disculpándose por las miles de piñas reboleadas en todo su historial de enorme boxeador amateur.

Cuentan por ahí las voces del mal que hasta juró perderse algún que otro partido de Central y ni mirarlo por televisión ni escucharlo por la radio. Cuentan que desde su casa se oyen angustiantes llantos a cada rato, que no se lo veía más por el barrio, pero se lo escuchaba ronronear como un gatito perdido.

La desesperación lo abrazaba cada día más fuerte. Dicen que probó con convertirse al Islám, pero Allah no logró exorcizarle el mal que lo perseguía. Por unos días también pasó por el judaísmo, durante otros creía ser amigo del antiguo dios griego, Zeus, quien le habría encomendado una misión secreta y por fracasar lo catapultó al mayor castigo divino existente: el irreversible enamoramiento de una flaca de Newell’s.

Justo al más macho de los hinchas de Central. Pero nada de nada. Cuando la veía a la flaca, el tipo de descomponía, se le aflojaban las piernas y le florecía una sonrisa nunca antes percibida por las facciones de su cara tajada por hachas y sierras.

Los últimos relatos sobre el pobre Ademar Casimiro lo detallan sonámbulo enfrente del Estadio del Parque de la Independencia jugando un picado ficticio contra Platón, Sócrates, Tomás de Aquino, Lutero, Macchiavello y unos cuantos filósofos más en búsqueda del verdadero significado de la justicia. Hasta estaban hechos los arcos, dicen, con remeras y buzos. Y aunque la pelota de aquel picado nunca se dejó entrever, se oían los gritos de Ademar Casimiro: ¡Platón! ¡Platón! ¡Metelo pasado al segundo que entro y la clavo de palomita y que se le dé a cada uno lo que merece!

Pero, amigo, todo esto es historia antigua. No me lo vas a creer. Loco o cuerdo. El sexo fuerte es el hombre. Mentira y mentira. La bocha la tienen siempre ellas, siempre. Miralo, si no, ahora al sin barba y picaflor Ademar, lleno de alegría a los saltos con el: “Soy de Newell’s, soy de Newell’s, yo soy de Newell’s..”

Revancha no revancha

futbol viejo

Tenía los ojos tapados por el agua que caía a cantaros desde las alturas de su frondoza frente arrugada por los años. El sudor llovía hasta las cejas y se convertía en una especie de catarata de Iguazú. Se secó con la mano derecha repleta de tierra seca y se le formó un barro pastoso en la cara entera. Bajó la mano y tomándose la remera por el lado de adentro, se refregó la cara.

Recién ahora pudo divisar el arco. Jaime Leopoldo Saavedra acomodó la pelota como le había aconsejado un viejo escocés que conoció una vez: con las costuras de la pelota en contra del viento. Era un día de como 600 grados y los rayos del sol caían como sables.

Empezó a tomar carrera y en su conciencia hubo un estremecedor vozarrón que le recordó el partido que estaba jugando y que podía ser él, con ese penal faltando pocos minutos, quien despoje a la disputa del empate. El empate era incontable, imposible de ser portador de anécdota o de convertirse en una historia que valga la pena escuchar en el porvenir del fútbol nacional o en los libros de literatura argentina. Y a Don Jaime eso lo perturbaba.

Cuando el fútbol llegó por primera vez a Sudamérica un grupo de soldados paraguayos quiso tomarse revancha de la Guerra del Paraguay. Decidieron retar al primer argentino que se cruzaran por cualquier lado para vengarse de aquel viejo conflicto con un picado en alguno de los primeros potreros de la ciudad de Posadas. El reto fue aceptado por Jaime Leopoldo Saavedra.

Los paraguayos, comandados por el Toro Aguirre, estaban totalmente convencidos de que aquel despiole bélico era merecedor de una nueva puja y, además, habían puesto en juego la ocupación o abandono de la propia ciudad de Posadas. Aguirre les prohibió llamar a jugadores del Brasil o de la banda Oriental del Uruguay y formar así la Triple Alianza nuevamente. Menos podían solicitar apoyo inglés. Los argentinos aceptaron las condiciones del duelo debido a que el convencimiento de Aguirre y de los suyos les pareció suficiente para entender que la antigua guerra había sido una injusticia y merecían esa revancha.

Todo eso se le cruzó a Jaime Leopoldo Saavedra cuando terminó de acomodar la pelota y culminó la cansina carrera de 4 pasos que dio para atrás. Ya con los ojos destapados fue hacia la pelota.

Un segundo después se escuchó un estruendo. Agentes policíacos salieron súbitamente a las calles por el rugir que sintieron pero sin saber para donde arrancar. Lo cierto es que pasó lo incierto. No fue ni gol, ni saque de arco, ni siquiera córner o lateral.

Don Jaime le metió un guadañaso tal a la redonda que la hizo explotar. Estalló. Se esfumó. Se desintegró. La trituró en pedacitos tan diminutos que los restos de aquella vieja pelota de cuero parecían ser piedritas del potrero envuelto en una tierra rojiza que simulaba la erupción de un volcán.

Habían estado días y noches, semanas, meses recorriendo a caballo desde el Litoral, pasando por la selva del Chaco y La Quiaca hasta la altiplanicie de Atacama para conseguir la única pelota de cuero de toda la región.

Saavedra estaba en un trance que no supo dilucidar si era miedo u orgullo. Y aunque comenzó una símil guerrilla entre los dos bandos dándose con los rifles de dos cañones con los que habían hecho los arcos, cascotazos y boleadoras, la historia ahí terminó. El Toro Aguirre y sus fieles soldados jugadores tuvieron que retirarse un rato más tarde ante la desolación de la pérdida de la pelota y el angustiante abandono del último haz del sol.

Corrían los días de fines del 1800. Nunca se conoció el picado que enfrentó a los de Don Jaime y a los revanchistas soldados del Toro. Esa venganza quedó trunca y no fue escrita en ningún libro jamás escrito y la guerra del Paraguay nunca se vengó por culpa del guadañaso de Jaime Leopoldo Saavedra.